
Los capítulos 1-3 de la Metafísica de Aristóteles sirven para rastrear y reflexionar en torno al concepto de ciencia, el cual puede resultar bastante difuso ante los ojos de la sociedad actual, aunque decir la sociedad actual es caer en una generalidad. Será mejor decir la concepción popular de la ciencia en la actualidad, por lo que nos basta pensar en la figura de un científico para ejemplificar el concepto. Normalmente se considera a un hombre de ciencia como alguien que contribuirá de manera material a la resolución de alguna problemática social; pensar en el cambio climático, el marketing de la telefonía y equipos de cómputo, la industria automotriz y el sector de la salud, por mencionar algunos ejemplos, y podremos darnos cuenta que detrás de estas acciones se encuentran los científicos tal y como la popularidad los concibe.
Evidentemente, la labor de estos “científicos” es cuestionable en cuanto a la resolución de problemáticas sociales se trata. El futuro ha llegado y no es como nos lo prometieron. Detrás de cada avance tecnológico se maquina una serie de intereses que se alejan por completo de la finalidad que le es presentada al público que la recibe. Basta pensar en el verdadero costo de un IPhone comparado con el precio en que se vende en las IStores, además de los trabajos extenuantes y explotadores a los que son sometidos los que son contratados para la manufactura de estos teléfonos. Y así podemos seguir citando ejemplos de las causas que han sido provocadas por este avance tecnológico fundamentado en lo que popularmente se conoce como ciencia, sin embargo no es el objetivo de este comentario.
Retomando la imagen popular que se tiene del científico, es imposible no remitirse al cine y a la literatura como dos moldeadores de esta imagen, la cual está relacionada de forma siniestra con la locura, por lo que se crea una paradoja ya que la ciencia es heredera de la razón y el sentido, mientras que la locura es la representación de lo contrario. Sin embargo este trastorno de los sentidos que podemos observar en figuras como la del Dr. Frankenstein o la del Dr. Otto Octavius ya la había apuntado Aristóteles en su Metafísica al decir que la sabiduría es ciencia acerca de ciertos principios y causas, es decir que para estudiar esos principios y causas era necesario sobrepasar los límites de los sentidos, ir más allá de la materialidad. Lo que los sentidos nos muestran es sólo lo tangible, pero es necesario lo intangible para poder pisar los terrenos de la ciencia, y el punto de partida es la extrañeza que algo pueda provocar, esa extrañeza demandará poseer una postura en torno a la cosa que nos resulta extraña o maravillosa. Por lo tanto, esa postura va a generar un conocimiento, finalidad primigenia de la sabiduría: el conocimiento en sí mismo, ajeno a todo valor práctico. Voilà la metafísica.

Por otra parte la búsqueda de las causas primeras, como lo menciona Aristóteles, me pareció un gran analgésico ante el terror de lo real, pensado en términos lacanianos, porque todo atisbo de luz dentro de la oscuridad siempre se agradece y todos queremos saber el nombre del demonio para poder exorcizarlo, además si conocemos su nombre será más fácil conocer su materia, de dónde proviene, si es una entidad maligna o benéfica, y por consiguiente si quiere jodernos o ayudarnos, porque quizá quiera decirnos en qué parte del terreno enterró el dinero que olvidó dejarnos en herencia.
Siguiendo con la búsqueda de las causas primeras, Aristóteles hace referencia a reflexiones que concluían con que todas las cosas son de naturaleza material, surgiendo la noción de elemento; a partir de lo material se puede generar más materia e incluso puede descomponerse, pero es la cantidad la que permanece, a pesar de los múltiples cambios que pueda tener cualitativamente. Esta es la voz que hizo eco en Lomónosov y Lavoisier con aquello de que nada se crea ni se destruye, solo se tranforma.
Así, Aristóteles menciona a Tales de Mileto y su explicación mítica en torno al agua como origen de todas las cosas; una explicación de las causas primeras, en la que surge la idea de cambio, porque toda causa presupone un cambio, y la causa de este cambio, dice Aristóteles, es otra cosa; es decir sin otredad no hay cambio. La otredad es la causa por excelencia del cambio.
Finalmente queda bastante clara la influencia que ha ejercido en la historia de la humanidad el pensamiento aristotélico. Centrándonos en estos tres capítulos podemos reformular la concepción de ciencia e incluso podemos echar mano de esta reformulación para justificar algunos estudios contemporáneos como el psicoanálisis, que busca precisamente explicar las causas primeras de los comportamientos humanos. También podemos remitirnos a quienes han criticado el pensamiento aristotélico, cuestionando el carácter metafísico del conocimiento mismo que pueda ser la base de una civilización entera.
Los rechazos a Platón
Slavoj Zizek en su texto Acontecimiento dice, refiriéndose al idealismo de Platón, que “la única realidad auténtica es el orden inmutable y eterno de las Ideas, mientras que la realidad material siempre cambiante no es más que su débil sombra”. En el libro séptimo de La república de Platón esta dualidad idea-materia es inminente, y es representada mediante el harto conocido mito de la caverna, el cual, de acuerdo con Sócrates, muestra la imagen de la condición humana e introduce un elemento fundamental: la mutabilidad; el paso del mundo visible (las sombras proyectadas dentro de la caverna) a la esfera inteligible (la idea del bien, la causa primigenia de todo lo bello).
Evidentemente esta mutabilidad es un aspecto fundamental en Platón; el paso de las tinieblas a la luz, de la ignorancia a la sabiduría. Zizek hace referencia al coup de foudre para representar la imagen de la idea que posee al hombre; es decir lo convierte en poseso. De inmediato saltan a la vista algunas imágenes: una Idea apoderándose de Sócrates, la experiencia amorosa, el capitalismo o quiero urgentemente el IPhone 7 para verme como todos ellos.
Hasta este momento la mutabilidad se va volviendo cada vez más latente, y es interesante que Platón le de un lugar especial al cuerpo biológico, ya que el binomio cuerpo-alma es una condición de posibilidad para el surgimiento de las Ideas y por ende, del conocimiento: “Cada individuo lleva en su alma la facultad de aprender a través de un órgano cuyo fin es ese”, dice Sócrates. A partir de aquí es de donde han surgido múltiples estudios en torno al cuerpo biológico y su relación con el lenguaje, el discurso, la otredad.

De igual modo Platón introduce las oposiciones binarias y con ellas el surgimiento de la metafísica que rige a una civilización entera. En este sentido el imperio amoroso y su multiplicidad de relaciones tiene sus cimientos en estas premisas. La metafísica platónica apunta a la tranquilidad, a saber que ocupamos un lugar en la cadena significante y ese lugar nos otorga cierto estatus; es el límite entre el sentido y el sin sentido, la cordura y la locura. Lo curioso es que esta cordura solo puede definirse no por lo que es, sino por lo que no es; de ahí la prolifereación del significante. En otras palabras, los grandes conceptos como el amor, la justicia, la belleza, el respeto, etc. solo pueden definirse en relación con la otredad y no por sí mismos; es decir que el conocimiento o la percepción que tenemos sobre algo puede estar cimentado en estas oposiciones y a partir de razones inatacables. La metafísica ciertamente es una ley que indica el camino a seguir; jamás da explicaciones pero a cambio otorga la tranquilidad momentánea, siempre momentánea, de formar parte del engranaje del sentido.
Por lo anterior es que alguna vez Foucault dijera aquello de que la historia de la filosofía occidental es la historia de los rechazos a Platón. Zizek menciona a los marxistas, empíricos analíticos y heideggerianos como contendientes, pero podemos pensar en algunos otros que incluso se nutrieron de los anteriores, tales como los deconstructivistas y lacanianos.
M.D.